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La McDonald's de la música pop:
Una crónica de Josefina Licitra
Fotografías de Daniel Pessah

Ese
ruido –tun tun tun– es un golpe que se instala en los
huesos. Son las seis de la tarde del sábado y cualquiera que
esté por ingresar a Creamfields (la fiesta de música
electrónica más grande de Sudamérica) podría pensar que le
está escuchando el corazón a Dios. Detrás de la entrada hay
nueve carpas y todas suenan –tun tun– más o menos parecido –tun
tun tun–. Es cuestión de recorrerlas –tun tun– y vengo
decidida a eso: tengo sandalias hawaianas, treinta y un
años, propensión al asma y cierta dificultad para entender
la música electrónica. Y sin embargo –tun tun–, aunque no sé
si estoy feliz, aunque no sé si tengo ganas de bailar, mi
cuerpo empieza a moverse –tun tun– y mientras voy dando
saltitos rumbo a la mujer policía que me palpará entera –tun
tun– tengo una idea. La única que tendré esta noche.
Mi idea es que la música electrónica es una nueva forma de
naturaleza. No porque sea pródiga o bella –menos todavía
armónica–, sino por la furiosa potestad que ejerce sobre el
cuerpo humano.
Más adelante intentaré saber por qué esta música logra, con
tanto éxito, adueñarse de la carne y dejar afuera el
cerebro. Pero eso vendrá después, cuando tenga ganas de
seguir pensando. Ahora estoy en la fila. Delante de mí hay
un puñado de chicos dejándose meter mano por la policía: les
abren la mochila, los bolsillos, los paquetes de cigarros.
¿Qué están buscando? Estos niños no portan armas, ni palos,
ni objetos filosos. Sólo llevan ropas de colores, gafas de
diseño, éxtasis y anfetaminas escondidas en casi todas las
ranuras del cuerpo. Días después, los noticieros hablarán de
drogas –se incautaron trescientas dosis de esto y aquello–
pero ahora, bien guardadas, las pastillas no llegan a
notarse. Todos pasan, y yo también. Comienza la fiesta.
El origen de todo está en el power. Lo supe en la fila de
entrada, cuando un reportero pelado y de músculos inflados
tomó su micrófono, se acercó a un oficial y le preguntó por
cuarta o quinta vez:
–¡¿Cómo está todo?!
–Bien. Bastante bien.
–¡Muchachos! –tradujo a los gritos el pelado–. ¡Está todo
powerrrrrr!
Power es el botón capaz de encender cualquier máquina. Y es,
por ende, el mejor corazón que se le puede encontrar a
Creamfields: esta fiesta, como la Love Parade de Berlín o la
Street Parade de Suecia, es uno de los mayores robots que ha
parido la música de todos los tiempos. Luis Miguel, Black
Sabbath, Plácido Domingo: todos podrían sobrevivir a un
corte de luz. Pero no las raves: si en los años setenta el
flower power hablaba del poder de la paz, en el 2006 el
principal power –aunque no el único– parece ser el de los
voltios. Creamfields es una pequeña ciudad cableada: aquí,
en un espacio de ciento treinta mil metros cuadrados, hay
nueve carpas de música electrónica, nueve escenarios, más de
veinte pantallas recortándose en el cielo, negocios de venta
de computadoras y varios salones de Internet para estar
conectados a toda hora.
Hay quienes dicen que Woodstock, en su versión siglo XXI, es
esto.
Los chicos pasan días enteros bailando a los saltos, tirados
en el pasto, enviándose mensajes por móvil y tomando
pastillas que les permitan seguir saltando. Todo es amor y
paz, o –dicho en el lenguaje cream– todo es PURA: una sigla
que significa Paz, Unidad, Respeto y Amor, los cuatro
ideales que diferencian una rave de todos los otros tipos de
fiestas. Los ravers no quieren violencia, y es por eso que,
a veces, los festivales donan parte del ingreso a los
necesitados del Tibet, de África o del Congo. Si los hippies
tenían el signo de la paz, los ravers tienen su propio logo:
el dibujo Cream. Una especie de hélice de tres hojas que
significa amistad, buena onda, quiero ser feliz o extraño a
mi mamá.
Dana tiene dieciocho años y una de esas hélices tatuada en
la zona lumbar. Tiene también un novio, Pablo, que está
pintándose de fucsia un penacho del pelo. Él trajo el
aerosol desde su casa para hacerse el servicio de coiffeur
en la rave.
–Aerosol de pintar paredes –explica Dana, aunque en realidad
creo que no quiere explicar nada.
–¿No será peligroso? –pregunto.
–Mmm –ella ni se molesta en mirarme. El pelo de su novio ya
está fucsia, el aire apesta a querosene, y ella sonríe–. A
mí me gusta.
Dana es como esas replicantes de Blade Runner. Tiene el
cabello violentamente rubio, los ojos pintados de celeste
eléctrico y una boca de niña que, entre otras cosas, dice
que una vez, hace no mucho, bailó demasiado. El episodio
ocurrió semanas atrás y habría pasado al olvido de no ser
porque Dana empezó a moverse un viernes y terminó el lunes.
En el medio quizá comió algo (ni se acuerda), después fue al
colegio y finalmente cayó sobre el pupitre como si estuviera
muerta. Jura que durmió un día y medio. Jura también que ésa
es la única forma de recuperarse de una rave.
–¿Y venís porque hay toda una filosofía detrás? ¿La paz, el
amor, la amistad?
Es la primera vez que Dana me mira un poquito: un lengüetazo
lánguido y asqueado. Una mirada para idiotas.
–Yo vengo porque sí. Porque me cabe la música.
En Ponche de ácido lisérgico, un libro que narra el
nacimiento del hippismo en Estados Unidos, Tom Wolfe explica
que el postulado básico del movimiento hippie no es la paz y
el amor sino la experiencia con ácido lisérgico (LSD), un
trance imposible de llevar al universo de las palabras. El
mundo, visto desde la perspectiva del LSD, no tenía
traducción: era el reino del «porque sí» y el «porque me
cabe», y eso en el mejor de los casos.
El viaje con ácido era una instancia parecida a la noción de
jouissance de Roland Barthes: un concepto –cuya traducción
más corriente es «orgasmo»– que viene de la teoría
psicoanalítica y que alude a la instancia en la que el niño
se prende al pecho de su madre y entra en estado de
plenitud. Cuando el niño deja el pecho, y por ende ingresa
en el orden simbólico del lenguaje y de las relaciones
sociales, ese estado de gracia se pierde y es irrecuperable.
O casi.
Son muchos los que creen que los consumos colectivos de
drogas son instancias de búsqueda de la famosa jouissance. Y
son muchos también los que sostienen que así como en los
años sesenta predominaban los viajes con ácido, en los
noventa la plenitud se busca en las fiestas electrónicas.
«El baile rave no se contonea desde la cadera, ha abandonado
totalmente el modelo de sexualidad genital por una especie
de retorcido frenesí polimórfico», explica el antropólogo
Simon Reynolds en su libro Generation Ecstasy. Into the
World of Techno and Rave Culture [Generación éxtasis. En el
mundo del tecno y la cultura rave]. Y prosigue: «Asimismo,
resulta regresivo: de ahí proviene el infantilismo de
grandes éxitos de ravers que chupan piruletas o mascan
chicle».
Es bastante fácil arribar al famoso jouissance en una rave:
por un lado, en estas fiestas hay un baile sincopado y sin
letra que golpea ciento cincuenta bits por minuto y que no
invita a pensar sino a moverse. Y por otro, hay muchas
drogas. Si en los años sesenta el éxtasis se alcanzaba
principalmente a través del LSD (pero también con silocibina,
mescalina, peyote, IT-290, Ditran, semillas de dondiego de
día, DMT, speed para subir y marihuana para bajar) ahora el
tema es más sencillo: el éxtasis se alcanza principalmente
con éxtasis, una droga de diseño –la metilen dioxianfetamina–
cuyo aceite esencial se extrae del árbol de sasafra y que se
vende en pastillas que incluyen también otros compuestos. El
efecto final es una intensa sensación de bienestar, unas
ganas de abrazar al mundo porque sí, un estado que –si
recordáramos cómo era– podría parecerse en algo a la
jouissance de Freud, de Barthes y de todos los teóricos que
vengan detrás.
(Este texto
tiene 1449 palabras. El original es de 4118. que fue publicado en la
Edición N° 43 de
la Revista Etiqueta Negra
- Perú.
Para adquirir
la edición impresa visita
www.etiquetanegra.com.pe
).
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